Fue realmente una jornada dura, nada de batallas y contiendas, la maldita diplomacia acabará conmigo.
Ayer cambió la luna, todo estaba alterado y los comportamientos habituales se habían trasformado en hechos anormales.
Todo comenzó cuando nos empezaron a llegar mensajes pidiendo ayuda de miembros canteranos de la Alianza, les atacaban desde varios frentes y por poderosas Alianzas, comencé a mover mis hilos habituales, contacto directo con los atacantes, algunos dieron resultado, otros no.
Vuelta a empezar... Nuevas misivas... No contestan, terceros mensajes con tono levemente amenazante:
"Hola buenas noches, ¿te gusta coger canteranos de granja?
A mi también, sobre todo para cenar...
Nos vemos"
Nada, sigue el silencio, recurro uno de los casos a un aliado amigo, no quiero conflictos con la Alianza implicada, me es grata en sus ideales...
En media hora se resuelve al descubrir que al jugador le atacaban por no donar en las Islas, me mintió en los motivos, podíamos habernos metido en una Guerra estúpida, le comunico que no le defenderemos por no ser noble.
Quedan los casos más peliagudos, no puedo contar con mi Líder ni mi General, uno anda de misión y el otro está desaparecido... Esto hace que mis preocupaciones se multipliquen, siento que mi marido está en peligro.
¿Ataco? ¿Espero?
Va pasando el día y llueven las misivas, se han duplicado los ataques.
Es el momento de actuar con algo más que palabras...
Acudo a mis astilleros de guerra y doy ordenes precisas, partimos a la batalla.
Elijo un guerrero cercano pero poderoso, hay que dar ejemplo, luego haber si pregunta el por qué.


Pobre botín, apenas mandé barcos, era un aviso.Por ahora pararon los ataques...
Es la calma que precede la tempestad.
En medio de la noche me despierta un sonido apenas perceptible, alguien se desliza sigilosamente por mis aposentos, mi cuerpo se tensa y saco con cuidado el puñal que guardo debajo de los almohadones.
Intento que mi respiración sea la de una mujer dormida plácidamente, una sombra empieza a dibujarse en mis sabanas, estoy pronta a saltar cuando una voz, harto conocida me detiene:
-Soltad ese cuchillo Señora, podríais haceros daño.-
¡¡Era mi General!! ¡¡Estaba en casa sano y salvo!!
Me tiré a sus brazos y le abracé emocionada.
-Hay mi Señor, temía tanto por vos...-
Chascó la lengua, con un sonido despreocupado y llenó mi cara de besos que apenas me rozaban la piel.
-Os preocupáis sin motivo, estoy bien, aquí me veis...-
Si le veía... Pero al abrazarle noté que no era como siempre, algo extraño fluía de su interior y un olor desconocido le envolvía... ¡¡Olía a otra hembra!!
La bilis comenzó a subirme y la rabia destellaba en mis ojos. ¡Yo preocupada y él andaba en brazos de otra!!
Calmé mis ansias de arañarle la cara por falso y fingí una ternura hacia él, que lejos estaba de sentir en ese momento, estaba probando mi propia medicina y cuan amarga era.
Apenas hablamos, él decía estar agotado, yo simplemente me mordía la lengua con rabia.
Se durmió en unos minutos, yo hacia vigilia mientras acariciaba mi daga...

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