





Atardecía cuando decidí parar, me había quedado con ganas de más batalla, pero mis soldados andaban ya poniendo mala cara y sobre todo la tropa de Hoplitas que aun parecían tristones por la perdida de su cabra.
Entre a Palacio tranquila, mi espada goteaba aun sangre y las criadas pusieron gesto de asco, eran muy delicadas. Una de ellas se acercó, evitando mirar mi hierro sangrante:
-Mi Señora, un caballero os espera en vuestro aposentos.-
¿Un caballero? ¿En mis aposentos? ¿Como lo habían dejado pasar sin mi consentimiento?
Recapacité y supuse que sería alguien muy cercano.
-Tomad.- La dije tendiéndola la espada.- Que la limpien y pulan con esmero, pobre de vos si se os cae y la destempláis...- Poco la faltó, pesaba demasiado para su flaco cuerpo.
Ordené a las demás que me preparan un baño en las termas, el olor a humo, sudor y muerte me envolvía como una telaraña.
Aseada ya, pasé a mi dormitorio.
Un hombre visiblemente herido y con gesto de sufrimiento, me esperaba semitendido en el diván, era el General Eipisha, me miró fijamente y apenas murmuro:
- Le he destruido los barcos, tres ataques, pero me confié y...-
No le dejé continuar, acudí presurosa a su lado llamando a gritos a los sirvientes:
-¡¡Traedme al Médico Real!! ¡¡Agua caliente y muchos paños limpios!! ¡¡Rápido!!-
El Perro se hallaba en un estado lamentable, pero gracias a los Dioses, era un hombre duro, tenía pocas heridas profundas, excepto una muy incisiva en el costado. Soportó sin un lamento la cura y el que el médico le cosiera el corte de las costillas.
Cuando al fin quedamos solos, le dí de beber hidromiel para que se hidratara y le sirviera de calmante.
-Gracias.- Me acarició la cara en un gesto tierno.
-No me deis las gracias General, sabéis que siempre recibiros es un placer, aunque no en estas circunstancias, ¿pero que sucedió?.-
Me contó un relato abreviado de la dura batalla, mis piel se erizó y mis pupilas se dilataron, había sido grandioso, me excito oírlo contar las proezas realizadas.
- Deberíais haberme llamado...-
- No os necesitaba, Reina.-
-¡¡Ufss!! Estos hombres... Siempre tan orgullosos, pues haberlo hecho solo para darme el gusto...-
Sus ojos se volvieron dos ranuras y alargando una mano me llevó hacía él, nos besamos apasionadamente, su boca sabía aun a batalla, gemí excitada, era un sabor que me extasiaba.
-Eso os lo puedo dar de otra manera Señora...-
Y a pesar de sus heridas y cansancio el General Eipisha me demostró una vez más de la madera que estaba hecho, hierro y fuego corrían por sus venas, esta vez fui yo la derrotada y él, el vencedor.

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