Las muchachitas mientras me bañaban, uncían y perfumaban, se sonreían y susurraban entre ellas, de vez en cuando se las escapaba un suspiro melancólico y alguna mirada de envidia. Realmente el nuevo esclavo debía ser portentoso para haberlas puesto tan excitadas, ellas estaban hartas de recibir a mi esposo y demás amantes, poderosos y dotados varones.
Dispuesta ya para el encuentro, elegí como vestidura una fina túnica completamente trasparente que mostraba toda la sazón de mi madurez, dando a mi piel morena tintes nacarados que prometían placer infinito.
Fui a mis aposentos encargando fruta fresca y vino aromatizado con especies afrodisíacas, ordené encender la más cara mirra para que el ambiente estuviera sensualmente cargado, hacia ya calor veraniego y corrieron los pesados cortinajes para aliviar la temperatura, dejando una penumbra agradable.
Me tumbé con gesto estudiádamente felino en el amplio tálamo, para que el esclavo, según entrará, viera todo mi cuerpo y lo que esperaba de él.
Pedí que lo trajeran y que nos dejaran solos, no quería ser molestada por nadie, me merecía una tarde de asueto para relajarme.
Poco tardó en ser conducido a mi presencia, observé con agrado como sus pupilas se dilataban ante la visión del lujo y de una hembra de alta alcurnia, seguramente su anterior dueña no le había ofrecido tanto y tan bueno...
-¿Hablas mi idioma?- Le pregunté.
Su cabeza se movió afirmativamente pero no pronunció palabra.
-Está bien, me gustan los hombres callados. Según tengo entendido sois de la Isla de Snyvuos... ¿Sabéis quien soy yo?-
Afirmó nuevamente con un gesto nervioso.
-Eso facilita las cosas, desde hoy entrareis en mi séquito personal, vuestra calidad de vida en Palacio dependerá de los servicios que me prestéis, si yo estoy contenta, viviréis muy bien, si no es así, volveréis a los lupanares de las guerreras... ¿Entiendes lo que deseo?-
-Si mi Reina.- Su voz tenía un timbre extranjero que le daba un tono muy sensual.
-Ahora desnudaros y servir una copa de vino a vuestra Señora.-
Quedó inmóvil unos segundos, luego con un gesto rápido y algo avergonzado se despojó de la única prenda que llevaba, su cuerpo emergió esplendoroso, desde luego era digno de admirar, esperaba que en acción estuviera a la altura.
Se acercó a la mesa donde se hallaba la jugosa fruta y la jarra del vino, tenía andares felinos, me excitaba verle moverse.
-Servir solo una copa, bastará para los dos y traedla aquí...-
Obedientemente se situó al pie de la cama tendiéndome la bebida.
-Acercaros a mi, ¿acaso teméis a una mujer sola?-
Evidentemente no, su masculinidad me indicaba que su grado de excitación andaba a la par del mio. Se arrodilló muy cerca y el olor que emanaba me enloqueció, cogí la copa y dí un pequeño sorbo, se la ofrecí y la apuró de un trago.
Me erguí ligeramente hasta quedar a su altura despojándome de la túnica, sus ojos comenzaron a recorrer mi cuerpo como lo hace un hombre completo, deteniéndose en los lugares más íntimos de mi naturaleza.
Mis dedos acariciaron suavemente su torso henchido, era como tocar piedra, pero formada de roca viva y caliente. Su boca se abrió ligeramente asomando una retahíla de dientes blancos y perfectos. Cogiéndole con ternura la cabeza, le besé suavemente, sabia a vino y deseo, sabia al Néctar de los Dioses.
Me tumbé nuevamente y él me siguió, su peso era agradablemente perturbador y sus manos comenzaron a explorarme con una maestría que nunca había imaginado en un esclavo.
-Hacedme feliz.- Le susurré con la voz bronca por el deseo. No tuve que decirlo dos veces.
Supo encontrar en mí, cada punto débil que me hacía gemir deseosa de su ser, recorrió con lentitud extrema y estudiada cada palmo de mi cuerpo, ya abierto para recibirle, pero me hacía sufrir entreteniéndose en darme más castigo gozoso, creí que iba a enloquecer de lujuria, necesitaba sentir su masculinidad llenándome, pero se hacia de rogar para conseguir tenerme más plena, más entregada. Rogué con un tono de voz que ni yo misma me conocía:
-Por favor....-
El me besó profundamente y sentí a la vez como llenaba mi ser, la plenitud fue tal, que creí haber muerto de placer en ese mismo momento.
Gracias a la maestría de este ser perfecto, llegué al Reino de Hades repetidas veces, él también sentía lo mismo, la entrega era mutua y perfecta, con la predisposición que yo le mostraba y mi sabiduría extrema, realizáramos un acto supremo en apología amatoria.
Caímos vencidos los dos al mismo tiempo, él acarició mi vientre perlado de sudor, yo su boca perfecta de griego y nos besamos con ternura de viejos amantes.
Agradecí a los Dioses haber encontrado tan buen compañero en las artes amatorias y juré que su vida en Palacio estaría llena de pequeños lujos y comodidades, lejos de la vista de mi Señor, claro...
Aun hubiera podido continuar con mi nuevo juguete, pero las labores del día reclamaban mi atención, le ordené que se marchará a descansar, pero con un tono dulce de amante satisfecha y no de Señora e hice pasar a mi servicio mientras me vestía, dí indicaciones para que le alojarán en cómodas estancias y tuviera personal propio que le atendieran en sus mínimos caprichos.
Hecho esto, me ceñí una toga de aspecto austero que ocultara las transparencias y me dirigí al cuartel para ver el resultado de las contiendas que antes había mandado.El reporte no estuvo nada mal:


(Dedicado a los hombres que ven solo a las mujeres como un juguete sexual, nos somos de uso ni de abuso)

No hay comentarios:
Publicar un comentario