Saludos y bienvenida

Aquí empieza mi historia diaria como Reina Guerrera, advierto a los pusilánimes y cortos de miras, a los que sufren la dolencia del puritanismo, que leerán las palabras de una mujer completa, dura y a la vez tan dulce que pica los dientes, pero también los rompe...
Luego no vengan con quejas, si quieren quédense y disfruten conmigo, nadie les obliga a leer.
Un saludo y tened mi compañía, aunque no siempre la visita a vuestros Palacios será de cortesía.
Todo lo aquí escrito es fruto de la fantasía de la autora, cualquier relación con la vida real, es pura coincidencia (¿o no?)


domingo, 22 de marzo de 2009

Batallas y luchas internas

Soy una mujer extremadamente pasional y fría a la vez, toda mi existencia se mueve en torno a estos dos conceptos antagónicos. Muchas veces creo que soy incapaz de sentir empatía por nadie y de ello deriva mi extrema precisión en batalla, pero mi corazón es capaz de encenderse y amar hasta quedar consumido en cenizas.
Debido a ello, sé que causo pena y dolor, gozo y felicidad a quienes me rodean, sin ser consciente muchas veces de esos efectos
Daños colaterales por disfrutar de mi trato.
Dada esta naturaleza que poseo, no era de extrañar que hoy, mientras pasaba revista a mis tropas acuarteladas, me fijara en un esclavo que hacía labores de encalamiento en las viviendas. Su cuerpo era un canto a la perfección masculina, casi desnudo, a excepción de una tela basta que le cubría de cintura para abajo, se le exaltaba cada musculo y tendón que brillaban bajo el sol justiciero del mediodía como magnífico oro pulido. Según le vi, le deseé, pregunté a la guardia personal que averiguaran quien era y a quién pertenecía.
No tardaron en presentarse con una morena gorda de extraviada mirada, olía como un cerdo de las pocilgas y su aliento no era mucho mejor...
-Mujer, ¿eres la dueña de ese esclavo?-
Sus ojos me mostraban temor y desconfiada.
-Así es mi Reina.- El soldado que la acompañaba la dio un empellón para que agachara la cabeza mientras me hablaba.
-¿Como lo conseguisteis?-
-Es parte del botín que logramos durante las excursión a la Isla
Snyvuos.-
-Estoy interesada en el.. ¿Me lo venderíais?-
Su cara reflejo un brillo de avaricia, mis ojos la miraron duramente y mi mano derecha acarició con desidia y lentitud la espada que portaba, el gesto se trasformó en temor contenido.
-Es vuestro mi Señora, tomarlo como un presente, además no sirve para nada, es lento, torpe y como hombre jamás me dio gusto alguno.-
No me extrañaba, había que estar muy borracho o necesitado para tocar a esa hembra hedionda.
Metí mi mano en la bolsa del oro y la dí unas monedas, bastantes para que se comprará diez hombres más.
-Tomad, que no se diga que vuestra Reina no es generosa.-
Marchó bamboleante mientras contaba lo recibido, murmuraba entre dientes y pude distinguir perfectamente la palabra zorra.
Me volví hacia la guardia y les ordené llevar a Palacio al esclavo para que las criadas le asearan, -Que tengan mucho cuidado con lo que hacen.- Les advertí. -Decirlas que es de mi uso personal.
Y acercándome a otro soldado:
-Id junto a la Comandante de la Guardia y decirla que despida a esa mujer.-
Proseguí la inspección y mandé dos flotas con diez minutos de diferencia y una tropa de tierra a un Reino, para bloquear las dos ciudades del mismo Rey y cortarle las defensa mientras saqueaba, tenia los puertos a nivel uno y tardarían en volver. Hoy no les acompañé tenia asuntos pendientes en Palacio...



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