Mis tropas se hallaban formadas, elegidas como siempre cuidadosamente, cuando el contramaestre de mis flotas vino temblando ante mi, con la cabeza gacha en señal sumisa y voz temblorosa me espeto:
-Mi Señora, mi poderosa Reina... Tenemos un pequeño problema con los navíos de guerra.
Hay valla por todos Los Dioses, me dije para mi misma y ahora ¿qué...?
Al ver que levantaba las cejas en gesto de espera siguió con la voz como un lamento:
- Siento tener que decirla que no tenemos bastantes marinos para poder frotarlos y menos llevarlos a combate...
-¿Y que demonios a pasado Señor contramaestre? ¿Un motín?, no creo, están bien pagados y alimentados..
-Peor mi Señora, se han dejado seducir por el encanto y el glamour de la fama efímera.
- No entiendo lo que me queréis decir...
- Hay mi Reina, pasó el otro día por aquí Jean Paul Gaultier, se fijó en lo bien vestidos que iban con los ropajes que su Alteza tubo a bien hacerles, se los llevó con promesas de fama y gloria en París de la Frans, ya sabe usted que su debilidad son los marineros...
Y salió huyendo temiendo mi conocida ira, mientras meneaba su trasero comido por la sal de tantos años en el mar, era contrahecho, feo y maloliente, seguro que había suplicado de rodillas a Jean Paul que lo llevara con el.
Dí a las tropas el día libre y me dirigí a las tabernas del puerto a reclutar nueva plantilla marinera.
A partir de hay no recuerdo bien casi nada, soy una gran bebedora, pero el ron añejo que sirven en esos tugurios de mala muerte me tumba en nada.
Solo logro traslucir en mi memoria enturbiada, varios robustos y atractivos marineros, una mesa llena de roña donde bailaba jaleada por la chusma y una cabra que me miraba con ojos tiernos.
Que dolor de cabeza....

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