Se medio sentó sobre el camastro de su camarote, intentando moverse despacio, para no vomitar sobre los ya sucios jirones, que antes fueron sábanas, de su catre.
Un sabor amargo a bilis le inundó la boca, se sentía como pasado por un potro de tortura y luego masticado por tiburones.
Maldita vida que llevaba, de maldito pirata.
Todo en él era una falacia, su poder, su valor, su honradez... Donde veía que podía sacar provecho, allí iba sin escrúpulo ninguno. Gran actor e inteligente como pocos, preparaba un personaje acorde con la situación a vivir.
Su ultimo logro había sido seducir toda una poderosa Alianza, se dio a conocer entre la Élite usando su fama y nobleza, intentó seducir a sus mujeres con su virilidad ya marchita, con cortesía le recibieron y con cortesía le dejaron partir, haciendo alusión a Reinos inexistentes, batallas imaginadas y promesas de retorno vanas.
Ya pasaron meses de aquellos días banales, ahora era tiempo de retomar el cuento y volver a sacar tajada de aquellos ilusos.
Sus dedos buscaron el gollete de una botella, que mal recordaba haber metido anoche junto a él en la cama.
Maldijo por no encontrarla y maldijo mientras su galeón se hundía tragado por un ansioso mar.
El mundo no lamentaría su perdida, quizás alguna dama epsiliana lloraría unos segundos su muerte, más sería tan leve su lágrima como el valor que tenía en su interior, humo.

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